jueves, 4 de abril de 2013

Los censurados.



No había nadie en las calles, hojas otoñales volaban con esa brisa de cambio de estación, recién empezaba y la gente ya casi no salía de sus casas. La televisión era la entretención hogareña y los programas de espectáculos y publicidad burda. Pero Magda era distinta, a pesar de que sus padres le prohibían leer y todos los textos con historia fueron quemados luego de los conflictos políticos, ella le gustaba ir a la biblioteca (que siempre estaba vacía) a leer las viejas novelas, las últimas del siglo, quedarse horas allí mientras todo el mundo arruinaba su cabeza.

Magda era una traga libros, leía a razón de 110 páginas por horas y cuando su ánimo estaba alto, escribía resúmenes que algún día alguien leería. Una noche de tormenta, la primera de ese otoño, Magda yacía sola en el último rincón de la biblioteca, con un libro con empastado de piel, negro, detalles dorados, marca páginas de terciopelo y de esas hojas que un amante de la lectura podría calificar como extasiantes. Mientras leía línea tras línea, párrafo por párrafo y sus ojos iban a una velocidad inmensa, escuchó unos pasos suaves, hasta cariñosos. Levantó la vista y vio a un muchacho bastante apuesto, pelo ondulado y largo, facciones marcadas pero finas, un poco de vello facial salía de su barbilla y mirada despreocupada tras unos lentes de marco morado y brillantes. Su ropa era aún más curiosa: pantalones verdes roídos, polera negra con algunos colores bastantes desteñidos y unas zapatillas muy desgastadas. 'Soy una hipócrita al juzgarlo así', pensó Magda, ya que vestía una polera vieja roja, una falda apretada negra, panties de esas viejas llenas de agujeros y sus alpargatas favoritas.

El misterioso muchacho la miró de pies a cabeza, juzgando también la belleza de la muchacha y se sentó a su lado. Vio en las manos de la pelicastaña un libro que para él era muy emocionante. Se lo arrebató de sus finos dedos y con la misma ternura con la que ella pasaba las páginas él hojeó el libro. Lo cerró de golpe y empezó a contarle sobre el relato, era su favorito al parecer.

Estuvieron horas, y horas y horas parloteando acerca de otros textos, de como la humanidad fue en decadencia luego de la guerra civil, que los únicos libros de historia que existen en el mundo son las novelas que nadie más que ellos dos leen. Pronto amanecía y Magda debía correr a su casa para que sus padres no la regañaran. El muchacho se paró, le dio un chocolate que tenía en su bolsillo, la ayudó a levantarse y se despidieron. '¿Tú, cómo te llamas?', preguntó Magda. Él le contestó con una sonrisa: 'No digamos nuestros nombres para mantener el momento mágico y casi literario de este encuentro'. Luego de eso, giró el pomo de la gran puerta de pino y salió de la biblioteca. Ella nunca más vio a ese guapo y sabio lector

No hay comentarios:

Publicar un comentario