martes, 5 de noviembre de 2013

Paseo Ahumada.

   Paso tras paso, pisada tras pisada sobre la blanda suela de mis mocasines negros. El atiborrado paseo es como un espectáculo digno de apreciar. Los eclécticos humanos que transitan por ella llegan a ser divertidos cuando el ambiente musical en mi cabeza los transforma.
   A mi izquierda un viejo me pide una moneda, me echo una mano al bolsillo y le lanzo una de cien pesos. Subo el volumen de la música ya que las voces me impiden escuchar bien. Sigo caminando y los jóvenes salen de los locales de comida rápida con sus grasientos platos, felices de la abundancia que nos ha hecho evolucionar. A mi derecha me sigue el paso un ejecutivo, chaqueta en mano, corbata tambaleante, zapatos negros, muy formal pero su cara revela cansancio. Él corre, yo sigo a mi paso.
   Espero treinta segundos.
   Uno...
   Dos...
   Tres...
   Cuatro...
   Cinco...
   Seis...
   Siete...
   La misma canción pasa a un interludio con mayores graves, olvido por un momento el semáforo.
   Catorce...
   Quince...
   Dieciséis...
   Diecisiete...
   Dieciocho...
   Diecinueve.
   Observo a una bella escolar del otro lado del semáforo y comienzo a caminar como autómata nuevamente al notar que todos caminan. Giro levemente mi cabeza para seguir mirando a la estudiante y mi hombro choca con un sujeto alto y enjuto. 
   Los lustradores recostados en sus sillines, el trabajo duro ya había acabado en ese martes por la tarde. Los oficinistas llenan los cafés, las sillas ocupadas por gerentes y secretarias discutiendo los ingresos. Una camarera de piernas largas le lleva la bandeja a 5 sujetos de terno negro, ellos la elogian y se va sonriente. Un local más adelante, parejas comen helados abrazados. Los locales de la derecha son visitados por muchachas y señoras buscando zapatos y cosméticos. 
   En nueve pasos llegaré al siguiente semáforo. Uno dos tres cuatro cinco seis siete ocho nueve y sigo caminando, el temporizador llegó a cero mientras distraído veo una paloma volar a ras de suelo.

   El compás cambia. Se aceleran los sonidos casi provenientes de un cosmos distante. La electrocondición que me está provocando me vuelve una máquina, mis pasos ya son robóticos, no me detengo por nada. Ni por la basura que puedo pisar y es la gente la que se mueve ante mi cuerpo, no yo. Así también las gentes cambian. Un vendedor de relojes de las estrellas musicales de los 80s enfoca a sus posibles compradores; los que trabajan con spray de pintura, pañuelo en mano y boca, terminan los últimos detalles de sus trabajos: caballos con fondos azules, montañas con fondos rojos y el paisaje planetario; una multitud rodea a otro pintor: el que dibuja con la tapa de los tintes haciendo círculos que luego de un rato quedarían como el de la obra en exhibición; un guitarrista interpreta Norwegian Wood a la derecha y en el piano público se toca Für Elise y me bajo los audífonos para escuchar las dos melodías. Sigo caminando cuatro tres dos un paso y subo los audífonos, la canción sigue igual.
   Voy llegando a mi destino. La propaganda política rellena los últimos espacios del boulevard, unos que apoyan a una, otros a otro, unos me dan panfletos, otros me invitan a firmar, otros que piden un aporte voluntario. Intento escapar de sus malévolas intenciones, me llegan voces, hago oídos sordos, la música no ayuda: su volumen disminuye, me llevan hacia ellos...

Cuatro pasos,
un jadeo de sofoco,
dos suspiros de cansancio.

   La emoción inestable se hace más fuerte, los retumbos aparecen de la nada haciendo eco en mi cabeza. Sensaciones extrañas, súpersensitivo a la energía circundante. Esto es un río, un río de autómatas yendo y viniendo de sus destinos, de sus oficinas, cruzando miradas. Más lustradores recostados en sus sillines, ya no quedan artistas. A lo lejos oigo una gaita y tan cerca escucho al mismo Universo, a esta Cromosfera, a las palabras ultravioletas y destructivas, las miradas más obscuras que las alcantarillas, el cansancio, las mentiras, al frío, a la poca preocupación por la enfermera quien tropezó y botó su bolso. Esto es el Ojo del Huracán. Un huracán de cemento, de polución, tóxico, infestado de sadismo.
   
   Los tonos bajos involucionan a la Era de Hielo. Los protohumanos han contaminado el paseo por el que circulo. El último semáforo antes de llegar a mi destino. Son quince segundos. Y quedan quince segundos de éxtasis musical intensamente veloz. 
Uno...
Dos...
Tres...
Cuatro...
La música se apaga.
Seis...
Siete...
Millones de sonidos entran y salen por mis oídos.
NUEVE...
DIEz...
ONce...
Doce...
Trece...
catorce...
quince.

   La ciudad se detiene. Yo sigo ahí, como otro virus más.
   

jueves, 4 de abril de 2013

Los censurados.



No había nadie en las calles, hojas otoñales volaban con esa brisa de cambio de estación, recién empezaba y la gente ya casi no salía de sus casas. La televisión era la entretención hogareña y los programas de espectáculos y publicidad burda. Pero Magda era distinta, a pesar de que sus padres le prohibían leer y todos los textos con historia fueron quemados luego de los conflictos políticos, ella le gustaba ir a la biblioteca (que siempre estaba vacía) a leer las viejas novelas, las últimas del siglo, quedarse horas allí mientras todo el mundo arruinaba su cabeza.

Magda era una traga libros, leía a razón de 110 páginas por horas y cuando su ánimo estaba alto, escribía resúmenes que algún día alguien leería. Una noche de tormenta, la primera de ese otoño, Magda yacía sola en el último rincón de la biblioteca, con un libro con empastado de piel, negro, detalles dorados, marca páginas de terciopelo y de esas hojas que un amante de la lectura podría calificar como extasiantes. Mientras leía línea tras línea, párrafo por párrafo y sus ojos iban a una velocidad inmensa, escuchó unos pasos suaves, hasta cariñosos. Levantó la vista y vio a un muchacho bastante apuesto, pelo ondulado y largo, facciones marcadas pero finas, un poco de vello facial salía de su barbilla y mirada despreocupada tras unos lentes de marco morado y brillantes. Su ropa era aún más curiosa: pantalones verdes roídos, polera negra con algunos colores bastantes desteñidos y unas zapatillas muy desgastadas. 'Soy una hipócrita al juzgarlo así', pensó Magda, ya que vestía una polera vieja roja, una falda apretada negra, panties de esas viejas llenas de agujeros y sus alpargatas favoritas.

El misterioso muchacho la miró de pies a cabeza, juzgando también la belleza de la muchacha y se sentó a su lado. Vio en las manos de la pelicastaña un libro que para él era muy emocionante. Se lo arrebató de sus finos dedos y con la misma ternura con la que ella pasaba las páginas él hojeó el libro. Lo cerró de golpe y empezó a contarle sobre el relato, era su favorito al parecer.

Estuvieron horas, y horas y horas parloteando acerca de otros textos, de como la humanidad fue en decadencia luego de la guerra civil, que los únicos libros de historia que existen en el mundo son las novelas que nadie más que ellos dos leen. Pronto amanecía y Magda debía correr a su casa para que sus padres no la regañaran. El muchacho se paró, le dio un chocolate que tenía en su bolsillo, la ayudó a levantarse y se despidieron. '¿Tú, cómo te llamas?', preguntó Magda. Él le contestó con una sonrisa: 'No digamos nuestros nombres para mantener el momento mágico y casi literario de este encuentro'. Luego de eso, giró el pomo de la gran puerta de pino y salió de la biblioteca. Ella nunca más vio a ese guapo y sabio lector