Todos los días, cerca de dos millones y medio de habitantes del Gran Santiago bajan o suben las escaleras para realizar un viaje en Metro.
El Metro de Santiago, contando con cinco líneas; 108 estaciones; una extensión de 103 kilómetros; 28 estaciones en proyecto sumando 37,3 kilómetros al recorrido total en la actualidad; es la columna vertebral de nuestra capital, el sistema de transporte que, junto al Transantiago y mucho más eficiente que este, nutre de gente a la ciudad que Pedro de Valdivia fundó.
Pero el ferrocarril metropolitano, que por cierto fue galardonado como el mejor sistema de Metro en América, no es sólo una compleja red de rieles y vagones. El Metro es Cultura, el Metro refleja la faceta más escondida del santiaguino; y no hablemos de la bohemia cuya representación oculta está en los oscuros bares y edificios de barrios antiguos (entiéndase República, Estación Central, Franklin u otras edificaciones con calles adoquinadas y con aspecto de noche londinense), sino que veamos a travez de los ojos de los usuarios.
Recuerdo un día subiendo, o bajando -creo que da lo mismo, la sensación es igual, he ahí la diversida de estaciones- hacia el andén. Tum tum tum -citando con insolencia a Diamela Eltit- mis pies hacían. Vi que los vagones entraban y se detenían, apresuré mi marcha. Entré a otro Mundo.
¿Quién no se ha mirado en el reflejo de la puerta y el fondo oscuro?
Me pregunté: ¿quién Soy? ¿Quién es aquel reflejo tan igual a mí que me mira con Ira?
Aquellos vagones están cargados de Energía Negativa, de sonrisas falsas, hipocresía y cinismo.
Aquellos que han viajado en Metro habrán tenido un Amor Fugaz, o tal vez sea Yo con mi Alma Romántica.
Y a eso va mi Recuerdo: en el momento que subí y las puertas se cerraron de golpe tras de mí, la vi.
*De mirada distraída, cabello ondulado y largo, sus gafas la hacían más interesante y no llena de la miseria de los otros usuarios, como la cuarentona que exige su asiento a pesar de caminar con zapatos de tacón alto y un bolso de inmensas proporciones, el decrépito oficinista quien crea la ilusoria sonrisa al llegar a casa, el enamorado y jovial muchcaro, el mahumorado mastodonte cuya pareja resalta la belleza estereotipada digna de un programa de farándula. No olvidemos al musical viajero que hace del aire su instrumento y escenario, ni a la muchacha que con su mejor indumentaria se dirige hacia la Tertulia nocturna, los padres jóvenes con grandes responsabilidades y los padres viejos con hijos pequeños.
Luego de pensar tantas cosas, como ósculos, como misticismo, de como asesinar a todos aquellos, de quién eres, de qué quieres, de qué te espera a donde quiera que vas. Luego de interiorizarte en tu Mente, luego de Enamorarte, Desenamorarte, Humanizarte, Deshumanizarte, de ser Ciego, de ser Sordo y no tener ni voz en el Mundo...
Luego despiertas, sientes que han pasado horas y no, sólo una estación y la muchacha de tus sueños se baja del vagón. Ahí es cuando uno se da cuenta de la miseria forjada en el subterráneo mundo, ¿y qué será que no he experimentado la misma sensación en los viaductos elevados? Te vuelves como ellos, los mismos usuarios de siempre, los Refugiados, buscando siempre un mejor lugar donde ir.
Así llamo yo a los usuarios del Metro de Santiago en los días de lluvia. Refugiados de Guerra, sin hogar, sin un lugar y ensimismados en su misma Desgracia.
Tum tum tum, subo o bajo las escaleras en dirección a mi Destino. ¿Qué me espera allí? Creo que no importa.
La Electricidad y Velocidad del Metro acelera la sinapsis, haciéndote Pensar.
Haciéndote Ver.
Verte.
*(Cualquier parecido con el primer texto de este blog fue intencional, este texto se usó con finalidad de un Ensayo)
Já. A veces me recuerdas a Whitman.
ResponderEliminarEres un infante, a veces más que yo. Que dulzura que trae una que otra vez tu esencia, pero que aún así yo siempre la veo latente. Eres un Niño Anciano, eres un Descubridor ya Sabio. Magnificente, como 'jamás siempre'.-